Los años más duros.
2019.
Cerámica esmaltada, porcelana, vidrio, madera, metal, tela y cuero.
240 x 300 x 140 cm.





Posiblemente un “texto curatorial” que le sirva de compañía a Los años más duros, de Nicolás Monti, propondría ciertas líneas de lectura para la obra vinculadas a la epistemología alimentaria y a la represión colonial. Por ejemplo, podría hablar del proceso de degradación que sufrieron los saberes culinarios de los primeros pobladores americanos frente al desafío que esa tradición supuso para la cosmovisión cristiana. El enfrentamiento entre las prácticas de cocina españolas y las “amerindias” desembocó en una supresión violenta y casi total de sistemas de conocimiento vinculados, entre otras cosas, a lo comestible, al mismo tiempo que el ímpetu médico-religioso europeo se imponía con fuerza sobre los tractos digestivos y las cacas originarias. El calendario católico de ayunos y fiestas santas determinaba qué se comía, quién lo comía y en qué cantidades; y aunque para los colonizadores el hecho de que en nuestras tierras se practicara la antropofagia implicaba una transgresión aborrecible y satánica, ellos mismos se comían el cuerpo de Cristo, transmutado en un disco plano de harina. En este sentido, ese texto no dejaría de señalar que la comida que puede verse en este mesón es, casi toda, un legado contradictorio de culturas inmigrantes. Culturas colonialistas, claro, pero también fugitivas y colonizadas; culturas asesinas, claro, pero también asesinadas, anarquistas y refugiadas.

Por otro lado, cabe suponer que ese mismo texto podría intentar proponer una valoración crítica de la perdurable hegemonía de la cocina francesa como el más alto referente en términos de racionalidad culinaria moderna. Porque es cierto que de algún modo la cocina francesa sigue actuando como condicionante colonial, como jaula o como obstáculo infranqueable frente al cual las demás tradiciones tienen que medirse. La cocina fusión responde a ese mandato, siendo que reduce esquemas complejos a una dimensión de mero ingrediente, de brote territorial, de verdura sin cultura.

Un texto quizá menos preocupado por la agenda de la teoría cultural occidental contemporánea y más centrado en el desarrollo que ciertas ideas vinculadas al arte tuvieron a partir de la mitad del siglo XX, hablaría sobre el problema de la representación. Sobre un arte ocupado en “cómo ser real trascendiendo la ficción”, según dice Diedrich Diederichsen. Ese texto se enfocaría en lo real de estos objetos, haciendo énfasis en el hecho de que lo real descansa en su materialidad, en su forma y en su brillo. Lo real, para ese otro texto, serían los objetos siendo objetos sin tener que darle explicaciones a nadie: lo real es la manera en que estos objetos que parecen platos de comida se tocan unos a otros apoyados sobre una mesa, una mesa que es real.

Este texto, sin embargo, sirve nada maś como recordatorio de que Los años más duros son nuestros años, los que nos toca vivir. Fueron también duros los que les tocaron a aquellos que vivieron antes de nosotros y muy posiblemente -casi seguramente- serán duros los años que vivan los que nos sobrevivan. Entre toda esa dureza, otro recordatorio viene a cuento: cuando un amigo te invita a comer, nunca le digas que no.
Alejo Ponce de León